jueves, 1 de diciembre de 2016

Leo y se me ocurren hipótesis muy feministas con cuerpo, identidad y empoderamiento

El cuerpo que habito

“El diván victoriano”, de Marghanita Laski, es un viaje en el tiempo que termina en pesadilla. Traducida por primera vez al español, revela una escritora secreta.

POR DOLORES GIL

La premisa es fantástica: a comienzos de la década del 50 una mujer se acuesta en un viejo diván victoriano; tiene un bebé pequeño pero ha sido separada de él porque desde el comienzo del embarazo se le diagnosticó tuberculosis. Es la primera vez que el médico le permite salir de la habitación en la está confinada hace ocho meses. Se queda dormida –el diván lo había comprado en un impulso difícil de explicar, cuando buscaba una cuna para su bebé en una tienda de antigüedades– y al despertar no está en su tiempo ni en su cuerpo: era Melanie Langdon pero ahora todos la llaman Milly Baines; es 1864, está postrada en el mismo diván en una casa que le es familiar pero que es oscura y huele mal. No puede moverse porque no tiene fuerzas, y porque está bajo la vigilancia férrea de una hermana nefasta, Adelaide, que la acosa con preguntas que no puede responder. De a poco empezará a leer este nuevo mundo y este nuevo cuerpo en el que está atrapada, y tendrá que leerlos como un texto, reponiendo la información que a todo el mundo le parece obvia, atando cabos, uniendo significados.

El diván victoriano es la quinta novela de Marghanita Laski –hasta ahora inédita en Argentina–, escritora inglesa nacida en 1915, y con ella debutan los editores de Fiordo, que con este primer volumen demuestran un afinado gusto por la buena literatura al que acompañan con un amoroso trabajo de traducción y edición.

Laski nació en Manchester en una familia judía de intelectuales, y, aunque siempre se confesó atea, mantuvo a lo largo de su vida un interés constante por la religión y las experiencias místicas, que dio como fruto el libro Ecstasy en 1961. Se graduó en Lengua inglesa en Oxford y trabajó en el mundo de la moda y como panelista de radio para la BBC. Escribió novelas, obras de teatro, biografías y cuentos. Entre sus títulos más conocidos están Love on the SupertaxLittle Boy Lost (con traducción castellana), The Village, y To Bed with Grand Music. Trabajó como editora y en las últimas décadas de su vida contribuyó con el Oxford English Dictionary.

“Muero en mi muerte y en las muertes/ de quienes me suceden” reza el epígrafe de T. S. Eliot con que abre El diván victoriano, y que resuena en la inquietante pregunta que le hace Melanie a su médico –si le puede jurar que no morirá, que ya está curada– y en la respuesta, obviamente negativa, que recibe. Muerte, vida, éxtasis y enfermedad serán los temas que sutilmente Laski enhebre en la novela: desde la primera escena optimista, con una Melanie cada vez más cerca de su libertad, el relato va oscureciéndose, porque su protagonista no entiende. El viaje al pasado –se había dormido pensando en el éxtasis: “El tiempo se fue apagando, la carga solitaria de la vida humana se transformó en algo glorioso y Melanie, replegada en éxtasis, se durmió”– revelará un despertar que no será sólo del cuerpo, sino también de la conciencia. El reconocimiento es paulatino y difícil, familiar y extraño al mismo tiempo; es decir, siniestro. La maestría de Laski está en que primero hace que Melanie reconozca el espacio, luego a las personas, y por último, su propio cuerpo, acaso la tarea más dolorosa de todas.

Las metáforas del mal 

Tanto ella como su álter ego victoriano son víctimas de la tuberculosis, enfermedad que debe leerse, desde sus metáforas, como el mal que aqueja a los excesivamente apasionados, que se consumen, física y espiritualmente, en las tribulaciones de los deseos sexuales mal conducidos, siempre desbordantes. Pero no es lo mismo ser tísico en 1864 que en 1950: Melanie lo sabe, aunque la certeza de la curación se le escape una y otra vez. La conciencia de Melanie-Milly, por momentos inseparables, tenderá hacia la desintegración, no sin antes descubrir cuáles son los demonios que persiguen a ambas y que unen sus vidas irremediablemente: la violencia ejercida por los hombres sobre el cuerpo femenino, la maternidad negada y reprimida, con su carga sexual arrolladora, y, sobre todo, el pecado como instrumento de sumisión de la mujer, que revela su componente idiosincrático y su condición de sujeción a los contextos histórico-sociales que lo determinan. Vida y muerte son las dos caras del éxtasis –que se consigue a través del sexo o de la religión–, de la aniquilación de la conciencia que ya no sabe si podrá volver al futuro, o si ese –la cárcel del presente– es el tiempo que le corresponde, el tiempo en que le tocará morir: “Nunca escaparé, pensó, y la prisión eterna que imaginó le carcomió la mente y Melanie perdió el conocimiento o se durmió en medio de una pesadilla sobre el acecho, la persecución y la pérdida”.

Podría argumentarse, como lo hizo P. D. James en su prefacio a la edición inglesa, que El diván victoriano es una novela de terror. Lo es, ciertamente, por el manejo de la anécdota fantástica: un viaje en el tiempo que se convierte en pesadilla. Pero es también mucho más. Laski aborda temas complejos y sutiles a través de una conciencia atrapada, y con ello nos sorprende en lo más íntimo: en nuestra emoción.

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...